jueves, 20 de marzo de 2014

Desmond Tutu y Otegi

Leído en La Jornada de hoy, 20 de marzo de 2014:

El sudafricano Nobel de la Paz Desmond Tutu pidió la libertad del dirigente vasco Arnaldo Otegi, que está encarcelado desde el 16 de octubre de 2009, y a quien definió como líder del proceso de paz.

Que así quede registrado.

jueves, 22 de agosto de 2013

Realismo político y ciencia ficción (II parte y última)

Hay una escena de Dune (1965), la novela del norteamericano Frank Herbert, en la cual Paul Atreides, el protagonista, escucha una lección en boca de una líder política: “Graba esto en tu memoria: un mundo se sostiene por cuatro cosas… ―alzó cuatro nudosos dedos―… la erudición de los sabios, la justicia del grande, las plegarias de los justos y el coraje del valeroso. Pero todo esto no es nada… ―cerró sus dedos en un puño―… sin un gobernante que conozca el arte de gobernar. ¡Haz de esto tu ciencia!”.
Semejantes palabras sonarán vacías a quienes, desde el anarquismo, reivindiquen la sociedad civil y vean en la política solo el ejercicio de la corrupción. En cambio, novelas como la de Herbert asumen la complejidad del presente y con ello no desprecian la política sino que la abrazan. 
Estamos ante otro de los discursos de la ciencia ficción (cf), en esa dialéctica Bakunin contra Marx de la que hablábamos la semana pasada. Un conflicto que se desarrolla en un contexto que se caracteriza por avances tecnológicos que, por medio de la retórica (o los efectos especiales), se presentan como científicos, todo ello sin perjuicio de que en ocasiones el escritor de science fiction bien puede ser un iniciado, como ocurre con Asimov.
De tal forma, para nosotros la ciencia ficción será el relato que tiene lugar en un contexto altamente tecnificado pleno de avances (pseudo) científicos, cuya trama ilustra las fricciones entre al menos dos fuerzas contrarias, como el realismo político y la psicología de un individuo anarquizante, muchas veces a través de la secularización de referentes religiosos (la creencia en extraterrestres no delata otra cosa que un interés por lo divino).
A veces, cuando estemos ante una ficción apocalíptica y de esa mundo de vanguardia y progreso no quede casi nada salvo sus restos (como en Soy leyenda, de Richard Matheson), vamos a descubrir que la causa del desastre ha sido la misma tecnología, bajo la forma de una hecatombe nuclear o cualquier otro armamento de gran alcance. 
Con frecuencia, envuelto en su maniqueísmo, el gran público tenderá simplemente a simplificar en un binomio de héroes contra villanos la historia del libro o la película, como ocurre de forma ejemplar en Star Wars, por ejemplo y, fuera de los terrenos de la ciencia ficción, entre los seguidores de los productos de la fantasía heroica  de Juego de tronos. Sin embargo, estamos ante un típico caso de realismo político enfrentado a sus opositores, aunque bien puede ser que George Lucas no advierta las implicaciones políticas de su obra.
En cambio, Herbert no opone a la sociedad civil frente a los peligrosos villanos de su novela, como el barón Vladimir Harkonnen, sino a un preparado grupo militar que comanda precisamente el mesiánico líder Paul Atreides. Frente a un poder vertical no se opone la asamblea popular, sino otro poder que también emana de un caudillo, quien no duda en emplear la fuerza cuando es necesario para lograr sus objetivos.
De tal forma, el mal no es una cuestión meramente psicológica (por más que los Harkonnen de Herbert sean además unos degenerados que recurren indiscriminadamente a la violencia más brutal), sino un proyecto político concreto que, desde luego, tiene un opositor.
Vamos a ver que los autores de ciencia ficción suelen reivindicar un todo homogéneo, la Humanidad, sin detenerse a definir con precisión sus límites sino más bien a disolverlos. Y cuando se proponen construir un enemigo de ese Género Humano henchido de misticismo lo que hacen es recurrir al político, que desde luego suele ser un dictador, como el emperador Palpatine de Star Wars. Ya no se reivindica la política y con ello el Estado, sino la ciudadanización. ¿Pero qué puede hacer esa teoría con una novela como Dune, donde el mismo héroe es un caudillo, por si fuera poco un elegido?
Los relatos del prodigio futuro no hacen sino representar los problemas políticos del presente, bajo la forma de las fantasías del progreso que permiten el viaje en el tiempo aunque no pueden prescindir de las grandes pasiones de siempre: el traidor, el héroe y la paz de la guerra.




Intelectuales y ciencia ficción (I de dos partes)

Hay un rótulo de Marx que bien puede definir uno de los males de nuestro tiempo: halbwissende literati, literato que sabe las cosas a medias (ver “Marx poeta”, de Ismael Carvallo, en El Catoblepas, edición de julio de 2013). Es decir, aquel intelectual que aprovecha el aura de superioridad que suele asociarse con las humanidades para opinar acerca de todo con una autoridad no del todo comprobada. Y, entre ellos, los escritores ocupan un lugar preponderante.
Entre nosotros suele atribuirse una apatía generalizada de la gente hacia el arte y la lectura: “Los mexicanos leen muy poco”, se dice y se atribuye esa carencia a la falta de una política educativa apropiada que sepa estimular en las personas el hábito de frecuentar autores y obras.
Quienes eso defienden con frecuencia no se caracterizan por reflexionar acerca de la validez del contenido de las obras literarias que les interesa popularizar entre la gente, de la misma forma que no reparan en el recelo que, dada la abundancia de literatos que saben las cosas a medias, la gente bien puede oponer a la literatura. ¿Por qué se espera que haya un respeto acrítico para quien pontifica en nombre de lo supuestamente más elevado? “¿Por qué no acusarse a sí mismos por no crear una literatura buena y viva para el pueblo y para la realidad en que viven?”, escribió José Luis Martínez en 1955.
Todo ello, no se olvide, en un país con necesidades de tal naturaleza que la retórica del gobierno federal ha pasado de combatir la pobreza a emprender una cruzada contra el hambre. Falta comida pero sobran intelectuales.
Por si todo lo anterior fuera poco, hay un hartazgo de la política que no sabe encontrar otro desahogo que no sea el anarquismo. Así, los confusos movimientos sociales de los últimos años (15-M, #YoSoy132, neozapatismo, Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad) con frecuencia señalan el abstencionismo como una opción y la asamblea como la máxima expresión de la “democracia representativa”. El Estado nacional es una entelequia y las reivindicaciones son indigenistas o, como en el caso de España, propias del nacionalismo fraccionario.
Ahora piense el lector en el cine de ciencia ficción contemporáneo, por ejemplo la serie inspirada en las novelas de Suzanne Collins adaptadas al cine. En estas páginas ya hemos comentado en su momento la primera parte de lo que pretende ser una trilogía, Los juegos del hambre (The Hunger Games, 2012, EUA), de Gary Ross y este año se estrena la secuela, Los juegos del hambre: En llamas (The Hunger Games: Catching Fire, EUA, 2013), de Francis Lawrence.
Quienes hayan visto esta cinta recordarán su propuesta: un gobierno totalitario del futuro que organiza un espectáculo de cacería humana como telerrealidad, una forma más de someter a un pueblo hambriento. En la película está presente esa idea de una “sociedad civil”, opuesta al gobierno, que busca emanciparse de sus opresores.
De esa forma, en la ciencia ficción cobra beligerancia el mismo problema que nos ocupa. Pocas manifestaciones de la literatura se han ocupado con semejante insistencia de esos asuntos, de ahí nuestro interés por vincular la idea de la revolución que vendrá gracias a la pujanza de los intelectuales y escritores con la ciencia ficción como fantasía frente a la potencia de un gobierno opresor.
Así, la ciencia ficción es una constructora excelente de ese tipo de mitos. Es decir, ¿es el director Gary Ross la persona más apropiada para plantear la revolución futura de las masas? ¿Ofrece su película una representación válida de los problemas que su historia plantea? ¿Está obligado a ello? La cinta ha encontrado un eco tremendo, desde que se trata de una serie hollywoodense.
Vamos a ver que en la ciencia ficción existen, al menos, dos alternativas al tratar los problemas de la política: el primero, el anarquismo, que ve en el Estado un simple medio de represión de un pueblo subyugado aunque capaz de rebelarse. En cambio, otras historias hablan de un líder político y reivindican el poder del Estado. La diferencia estriba entre luchar por “cambiar el mundo sin tomar el poder” frente a la lucha por el poder político. Bakunin frente a Marx. (Continuará)


lunes, 29 de julio de 2013

Culpa y gloria en Moriana

Loba es la historia de Soledad, una princesa que tiene que enfrentar la amenaza de un dragón así como otros desafíos, acaso más avasallantes, como el amor erótico. ¿Alguien concibe una épica en la cual se reniegue de la reivindicación de la guerra? La mexicana Verónica Murguía (1960) ha escrito una novela, Loba (2013), que se desmarca radicalmente de ella, por medio de un alegato armonista que no solo pretende instaurarse entre los humanos sino que busca conciliar varias especies. ¿Tiene parangón, en la fantasía heroica, el intento de Murguía?
Es cierto que en los grandes autores del género, como Tolkien, Le Guin y Lewis, el héroe no es un bruto que siempre mate por matar. Se pelea para sobrevivir y en el contexto de distintos grupos que se hacen la guerra. Los lectores de La Comunidad del Anillo tal vez recuerden un pasaje (“La sombra del pasado”, también presente en la versión cinematográfica de Peter Jackson), en el cual Frodo lamenta que su tío Bilbo no haya matado a Gollum cuando tuvo oportunidad de hacerlo. Gandalf lo reprende y le dice lo siguiente:
Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos”.
Es conocido el pasado de Tolkien como combatiente en la Gran Guerra, una experiencia que habría marcado sus libros. Sin embargo, Gandalf de pacifista tiene muy poco porque en El Señor de los Anillos se reconoce la validez de la guerra para, simplemente, preservar la vida y el territorio.
También podemos recordar la cólera de Aquiles, que se contrasta con la templanza de Héctor. Es decir, la censura a la violencia desmedida hace mucho que ha estado presente, en mayor o menor medida. (Como se ve, estoy hablando de épica y de fantasía heroica, no de otro tipo de textos o de movimientos sociales explícitamente pacifistas.)
Sin embargo, Loba intenta ir más allá de sus modelos: su protagonista, la princesa Soledad, del reino de Moriana, aspira a renunciar por entero a la guerra, de ahí que Murguía construya un relato en el cual la violencia con frecuencia se ejerce como recurso último, para de inmediato tratar de solventar sus consecuencias. Son abundantes los pasajes en los cuales esto ocurre, pero semejante ideología se vuelve una constante desde que Soledad participa en una batalla en la cual es incapaz (no por cobardía, sino por una revelación) de matar a su atacante.
Soledad evoluciona hasta convertirse en un personaje atípico en la fantasía heroica, un tipo de relato que suele resolverse luego de una batalla (muy sangrienta) entre al menos dos bandos irreconciliables. Quien busque eso en Loba tal vez sufrirá una decepción, a pesar de que por lo demás esta respeta ciertas convenciones, como la ambientación de la trama en una Edad Media alternativa.
Alberto Chimal ha dicho (“Resistir a la violencia”, Replicante, edición de junio, 2013) que esa negación de la violencia hace de Loba una propuesta por completo novedosa. Y al menos en la porción de la fantasía heroica que he citado aquí eso parece ser cierto porque, como preguntábamos al principio: ¿es concebible la épica sin reivindicar la guerra? Loba dice que sí.
Así, al renunciar de esa manera a la guerra, en lugar de destacar que se trata de una forma de la política, Loba abraza la utopía. Habría que ver si con ello contribuye a iluminar las complejas tensiones en torno de la guerra como problema, desde que en la novela se ponen en juego semejantes ideas y debates.
Loba aparece cuando la serie Juego de tronos y las novelas de George RR Martin gozan de gran difusión. Y Martin representa la otra cara de la moneda: hay pasajes de su obra inspirados en Maquiavelo. Me parece que en la relación dialéctica entre la política de Martin y el armonismo de Murguía está la clave del papel de la fantasía en nuestra sociedad.
Sin perjuicio de lo anterior, al final Loba desborda las categorías de lo fantástico y la fantasía heroica, porque la evolución de Soledad la convierte en devota de la religión verdadera, cuando abraza el culto a los animales (como los hombres del Paleolítico, según nos explica Gustavo Bueno en El animal divino).  
Loba es la historia de una conversión: una mujer que aborrece lo sobrenatural se enamora de un mago marcado por la tragedia, para después establecer una relación con un numen del bosque para salvar su reino. Un sacrificio que no tiene por qué ser comprendido por el feminismo indefinido y por anticlericales, desde que convierte la novela en una suerte de hagiografía donde abunda la culpa y en las páginas finales espera la redención. Y la gloria, claro está.    

Loba, Verónica Murguía, España/ México, SM, 2013, 512 pp.  

[Publicado originalmente en el periódico mexicano Primera Plana, edición del 26 de julio de 2013]






martes, 2 de julio de 2013

La leyenda es la Humanidad

Ha muerto el escritor norteamericano Richard Matheson (1926-2013), guionista de cine y televisión y, sobre todo, autor de la novela Soy leyenda (1954), protagonizada por el solitario Robert Neville, el único sobreviviente de una pandemia que ha transformado a los hombres en vampiros.
Matheson fue un innovador: Soy leyenda se aleja de la literatura fantástica decimonónica para construir una historia en la cual todo obedece a una explicación científica. Por ejemplo, el miedo que los vampiros tienen de los crucifijos y del ajo es susceptible de un origen psicológico, de ahí que el chupasangre judío no sea temeroso de las cruces. En otro momento, Matheson también explica por qué los monstruos pueden ser aniquilados con estacas de madera, con lo cual el autor aprovecha viejas supersticiones para proveerlas de otro significado, lejos de su oscurantismo original.
Sin embargo, el principal aporte del relato de Matheson es la forma en que da  “la vuelta del revés” al mito de la Humanidad en las últimas páginas de su novela, una experiencia que no queremos escamotear al lector con más detalles de la trama. Baste insistir en que Neville es el último integrante de la especie humana tal y como la conocemos. Recuérdese que en la ciencia ficción y en numerosos ámbitos del conocimiento, así como en las conversaciones cotidianas, suele hablarse de la “Humanidad” como un todo homogéneo, como unidad.
Nosotros, en cambio, vamos a considerar aquí esa “Humanidad” como un mito, desde que estamos organizados en naciones políticas que conviven y compiten entre sí (a veces de forma violenta, como se sabe, aunque con frecuencia se olvide). Por lo tanto, ese ser humano en estado puro no existe.
En cambio, la ciencia ficción se ha encargado de darle especial beligerancia al “Género Humano” tan llevado y traído. ¿Cómo? Por medio de la introducción de otras especies, como los extraterrestres, capaces ―ahora sí― de contraponerse frente a la Humanidad, que en este caso podríamos considerar como un todo opuesto de lo alienígena.
Así, después de retratar con especial patetismo la soledad y la tragedia de Neville, con un héroe enfrentado a las hordas vampíricas, Matheson concluye su relato con una de las ideas más ingeniosas que han cobrado forma en el género.
Lo que no es una novedad es la forma, por completo distinta, en que la novela ha sido llevada al cine, hace apenas unos años. Ahí, Neville es un héroe de acción convencional, como en el caso de la versión protagonizada por Will Smith, Soy leyenda (2007), de Francis Lawrence. Todo ello sin perjuicio de su validez como espectáculo, eso sí, muy distante de la novela. El cine y la literatura, ya se sabe, no siempre tienen intereses convergentes: no tienen por qué tenerlos.
En El último hombre… vivo (The Omega Man, 1971), de Boris Sagal, se aprovecha la personalidad del actor Charlton Heston para que este encarne con su habitual templanza a un antihéroe, lejos de la nobleza y la nostalgia del rol de Will Smith.   
Acaso la adaptación menos alejada del original hay que buscarla más atrás, en el pasado, en El último hombre sobre la tierra (The Last Man On Earth, Italia| EUA, 1964), de Ubaldo Ragona, que no se atreve a llegar tan lejos como el libro que ahora nos ocupa. Pero, ya lo hemos dicho, el cine y la literatura caminan por senderos diferentes.
La novela de Matheson, además, es el germen de una epidemia de amplio recorrido. En 1968, George A. Romero iniciaría la andadura de una de las creaciones más importantes de la llamada cultura popular, con su película La noche de los muertos vivientes, cuyas criaturas, los zombis, están inspiradas en los vampiros de Soy leyenda.
La herencia de Matheson se antoja así, mucho más profunda que las numerosas tumbas que sus hijos han abandonado. Y que él ahora finalmente visita. 
[Publicado originalmente en el semanario Primera Plana, edición del 28 de junio de 2013]